2018-04-28

Alegato contra verborréicos, todólogos y deslenguados sin causa.

Verborreicos: contra la gente que nunca se calla

Apuntes sobre dinámicas, costumbres, estrategias y perjuicios que provocan las personas que hablan como cotorras

Por Esteban Ordóñez Chillarón. 

Yorokobu.

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Alegato contra verborréicos, todólogos y deslenguados sin causa

Esto va de insufribles, de verborreicos, de lenguas hiperactivas, de paladares desgastados, de mandíbulas infames; de gente, en suma, que no se calla ni debajo del agua. De personas a las que si les cosieran la boca, hablarían con las aletas de nariz en código morse.


Y que si entonces les suturaran la napia, se comunicarían con los párpados o las orejas o aprenderían lengua de signos y moverían las manos con tal velocidad que, al final, desarrollarían un idioma de crujidos de falanges y muñecas que, por descontado, desquiciaría tanto como su voz original. Gente invencible.

Este ejercicio represivo del primer párrafo no es más que una fantasía. Los habladores crónicos palabrean con tal convicción que, en pocos minutos, uno depone armas y sabe que cualquier tentativa será inútil. ¿A qué viene tanta furia?, se preguntará alguien. ¿Por qué no dejar de quedar con esas personas y ya? Sencillamente, porque muchas veces no se puede.

Son compañeros de trabajo, vecinos de rellano, peluqueros a los que te une un compromiso familiar de generaciones, tu primo… Por otro lado, saben tejer sus relaciones. Tras años de fundir fusibles, de ver huir sin mirar atrás a amigos en ciernes, aprenden a construir sus vínculos con solvencia arquitectónica.

Saben a quién elegir para asentar la primera piedra: normalmente, tipos silenciosos, maleables, rodeados de gente que les quiere bien y que por no ofender a su allegado nunca le dirán a él: «Cállate, por Dios, cállate». Estas estructuras, a veces (y gracias), son como edificios de Calatrava: se rompen cada cierto tiempo.

¿Qué le pasa a esta gente? Larra escribió en uno de sus artículos la línea maestra que los define. «Columpiábame en mi mullido sillón, de esos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco». Los cocedores de almas giran sobre sí mismos, eso es ley; pero no poseen todos un eje semejante.

Existen diferentes subespecies, quizá infinitas. Las une a todas un virtuoso manejo del oxígeno: una sola aspirada, que en una persona normal daría para 20 palabras, a ellos les rinde para 100 o más. Hay, no obstante, dudas al respecto. Medirlo resulta complicado, sobre todo, porque todavía no se ha podido observar el momento en que una de estas personas toma aire.

Algunas especies de todólogos


Los todólogos constituyen una de las ramas más comunes. Lo explican todo, cualquier tema que surja en una conversación lo entienden como una incitación para hacer pedagogía. Los hay sin estudios ni formación y también con carrera: igual da, el abuso que cometen es equiparable porque un universitario se forma en una disciplina y del resto tiene, como mucho, un conocimiento superficial.

Sin embargo, estos, los licenciados, han adquirido destrezas para empacar bonitamente a sus rajadas, lo cual implica un peligro mayor. Son como timadores con traje: los vendedores de preferentes de las ideas.

Letrados o iletrados, ambos carecen de límites y creen que hacen una buena obra: se les dilatan los ojillos como a santos. Procuran acopiar un conocimiento general a base de noticias de telediario, entradas de Wikipedia, trozos de documentales o sobres de azúcar con frasecitas.

Pero, en el fondo, no necesitan disponer de referencia alguna sobre el tema en liza. Si no saben de qué se trata, se lo inventan. Emplean palabras de apariencia técnica y porcentajes. No dudan. Si los pillas en un renuncio y les demuestras que se equivocaban, retorcerán tus palabras para afirmar que, en realidad, se referían a eso.

Si no cuela la trampa, se sacarán de la manga algún estudio que les da la razón (dirán que lo leyeron en algún medio que suene a autoridad), y tú, por mucho que sepas que es inverosímil, no puedes contradecirlo sin insinuar que miente, sin violentar la situación.

Hablarán, hablarán de ello hasta agotarte, hasta que digas que sí pero no de cualquier forma, porque detectan si condesciendes, si en tu interior persistes en tu idea, y no lo soportan; le darán tres o cuatro vueltas más al asunto hasta que logren que finjas como un súbdito norcoreano, sonriendo, haciéndote el iluminado, incluso diciendo dónde estaba tu error.

Los hay muy persuasivos que aparentan de verdad saberlo todo, que te apabullan y te colocan en una posición de inferioridad. El tiempo los desautoriza de manera muy sutil.

No son ignorantes, pero día a día se descubre que siempre tocan los mismos palos y que su auténtico talento reside en el juego de ilusionismo con el que orientan las conversaciones hacia sus temas favoritos.

Deslenguados sin causa


Otros se deslenguan sin querer pegarse el pisto ni presumir de inteligencia. Estos se refocilan en lo prosaico y lo cotidiano. Alargan cualquier suceso.

Halagar, por ejemplo, las zapatillas nuevas de uno de estos ejemplares desata un caos que contiene los siguientes elementos: las tiendas que visitaron, flashbacks sobre visitas anteriores a las mismas, opiniones sobre ellas, referencias y anécdotas de conocidos; detalles sobre el tipo de suelas, sobre las rozaduras que le infligió en el pasado ese tipo de calzado; disertaciones sobre el color, sobre si usar calcetines o no o depende.

Pueden luego ascender y repetir el despropósito al reflexionar sobre sus pantalones, su cinturón, y así hasta llegarse a la coronilla. A veces, complementan el ejercicio con críticas feroces. Tratan de fundamentar sus decisiones estéticas por contraposición, descalificando a quienes escogen otra cosa y extrayendo conclusiones y condenas morales.

En un capítulo de Camera Café, una serie un tanto raruna que se emitió hace años, aparecía el personaje Paco El Brasas: un camarero que perdió a sus clientes porque les calcinaba los circuitos y que decidió subir a un edificio de oficinas a causar el pánico. Los trabajadores no se explicaban qué hacía allí.

—Yo solo le he dicho buenos días.
—Pues la has cagao.

Y esa es la sensación que tiene uno cuando activa a uno de estos sujetos, la de cagarla, la de caer en un foso del que no se puede salir. Sobreviene, de pronto, la culpa. Curiosamente, la responsabilidad cae sobre la víctima. Es una suerte de violación del espacio mental. No tienen derecho. Por motivos menos graves, se han tipificado delitos.

Los especialistas coinciden en algo para lo que no hace falta ser especialista: esta peña no escucha, vigila las conversaciones en busca de ganchos donde colgar lo suyo. Dominan, además, distintas estrategias para cerrarte la boca.

Los de perfil pasivo agresivo pueden tender una malla de autocompasión y de lamentos para que cualquier regate por tu parte, siquiera desde el lenguaje no verbal, se prefigure como un acto cruel: te obligan a mantener un gesto empático, una actitud de escucha y ya, si eso, resoplas en tu casa.

Los narcisistas, en cambio, se despachan a placer, se apasionan y te reprueban si interrumpes como si fueras tú el que desprecia los códigos de la cortesía. Hablar, contribuir a la charla se hace intransitable: a ellos, al oírte, se les dibuja en la cara un cansancio vital y una desesperación (quizá un pánico) que consiguen que tus propias palabras suenen con un eco absurdo e inoportuno y que desistas.

Después, ellos retomarán el monólogo, «bueno, lo que yo decía», clavándote los ojos, castigándote, desechando tu aportación. Estos no reciben las señales no verbales de hartura, o las reciben y se las pasan por la punta de la lengua.

Pero, ¿qué puedes hacer si la cagas y desatas a un verborreico, o si lo metes en tu grupo de amistades? Complicado. Sobre todo a cierta edad, llegan curtidos en mil batallas, han visto escapar a amigos hacia más allá de Orión. Acumulan sobrada experiencia. Son como gotas de Fairy en una sartén grasienta, donde caen se abre un círculo de vacío. Y de eso han aprendido.

Estamos inermes. Son como catástrofes naturales, no hay quien luche contra ellas y ningún seguro cubre las pérdidas. Los hay, incluso, que escriben un artículo sobre gente que habla mucho para pegar la chapa sin que se note.

Por Esteban Ordóñez Chillarón
19 abril 2018

Esteban Ordóñez Chillarón

Periodista en 'Yorokobu', 'CTXT', 'Ling' y 'Altaïr', entre otros. Caricaturista literario, cronista judicial. Le gustaría escribir como la sien derecha de Ignacio Aldecoa.
Periodista freelance.
Revista Ctxt
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Fuente: Yorokobu

Imagen: Boring talking


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