2018-04-07

El autoengaño es la perfección de nuestra capacidad de mentir.

Da igual lo que digas, tú también te autoengañas. 

Por Esteban Ordóñez Chillarón. 

Yorokobu.

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El autoengaño es la perfección de nuestra capacidad de mentir

Si crees que no te engañas a ti mismo, te estás mintiendo por partida doble: por las falsedades originales y por la osadía de creer que no existen trampas en tu mente. Hay grados. Hay engaños más empecinados (o aplicados a una parcela de la personalidad más visible y refutable para los demás) y engaños más dispersos e íntimos. Los hay más hábiles y más torpes.


Pero te engañas, y engañas de paso a tus seres queridos. No te sientas culpable: ellos también lo hacen. Que ese embauque tenga o no consecuencias dañinas para los demás es otra historia.

Algunos expertos califican el autoengaño como una maniobra evolutiva para perfeccionar nuestra capacidad de mentir. El antropólogo y biólogo Robert Trivers explicó esta utilidad en una entrevista con Eduard Punset: «Cuanto mejor te engañas a ti mismo, mejor engañas a los demás. La mejor forma de ocultar un engaño es no ser consciente de él».

Trivers afirmó que mentir conscientemente agota al cerebro, consume energía y engendra contradicciones que pueden menguar la capacidad de la mente para realizar tareas cognitivas, aunque estas no tengan relación con la sustancia del embuste.

Haciéndonos trucos de humo mitigamos el remordimiento y el bloqueo, «pero a la larga puede desencadenarse un desastre», advirtió Trivers. «Al empezar a comunicarnos con el lenguaje, aumentaron muchísimo las posibilidades de engaño y las de autoengaño», dijo. El éxito de una falsedad depende de su apariencia y su encadenamiento lógico, esto es, de las palabras y los conceptos con que se construye.

Pero, muchas veces, uno puede saber que la realidad no es como la siente y aun así creérsela del modo equivocado. José María Caballero Pacheco, psicólogo clínico, propone el ejemplo del hipocondríaco como la antítesis del autoengañado.

La probabilidad de morir existe. El cerebro o el corazón, víctimas de un mal no revelado, podrían colapsar cualquier noche. La diferencia entre un hipocondríaco y alguien que no lo es radica en que el primero no puede negarse (engañarse) esa posibilidad. Los que no viven acosados por ese pánico pueden tomar consciencia de la posibilidad de desaparecer, pero no la sienten porque bloquean el acceso de esa certeza a sus emociones.

Como cuenta Caballero Pacheco, en el hipocondríaco no solo cala esa verdad estadística, él, además, cree que puede resolver el problema acudiendo al médico, recibiendo diagnóstico y tratándose a tiempo. Cuando el médico descarta un posible mal, se relaja, pero dura poco porque no es capaz de maquillar una realidad que los demás sí regatean: la incertidumbre.

No hay ninguna ley que impida que una vida estalle de un momento a otro, pero preferimos no verlo. A cierta escala, el autoengaño es fundamental para la supervivencia y la felicidad.

Autoengaños e incompetencia


El nivel de autoengaño difiere de una persona a otra. Como cuenta el libro El prestigio de la lejanía. Ilusión, autoengaño y utopía de Miguel Catalán, Justin Kruger y David Dunning realizaron un experimento con 45 alumnos universitarios. Había dos pruebas. Una primera de razonamiento lógico y una segunda en la que se preguntaba cómo creían que habían resuelto la primera.

Los que respondieron peor al test inicial se mostraron seguros y optimistas en la segunda prueba, y los que obtuvieron mejor resultado se pronunciaron con más dudas y más prudencia. La conclusión: «La mejor forma de hacer que alguien reconozca su ignorancia es hacerle menos ignorante».

Aquello se bautizó con el nombre de los investigadores, efecto Dunning-Kruger (lo cual resulta pretencioso ya que se trata de un fenómeno que muchos habían advertido sin necesidad de experimentos. ¿Creyeron descubrir algo cuando, en realidad, efectuaban una comprobación? ¿Será la propia denominación un ejemplo de autoengaño?).

La desviación egocéntrica


Un artículo de Quartz destaca otra distorsión: la desviación egocéntrica. Un caso: a dos personas les preguntan en un test sobre un asunto preciso (pensiones, desempleo, ecologismo…), responden y después les hacen intercambiarse los formularios. Si en ese momento se les consulta si quieren alterar su respuesta, generalmente, otorgan más importancia a su propia visión que a la del otro; no importa que sean legos en la materia, tenderán en darse la razón a sí mismos.

El mecanismo del autoengaño afecta también a la vida personal. Funciona mediante dos impulsos: la alerta, la fijación en el miedo y la huida. Si percibes que tu relación de pareja se ha secado, sufres una turbación. Algo te dice que debes tomar una decisión que trastocará tu estabilidad y causará un dolor imprevisible.

Hay otra opción: construir una realidad alternativa, hilvanar un relato coherente por el cual merezca la pena seguir atado. Prestar atención solo a los restos positivos de la relación y desproporcionarlos hasta que equilibren la balanza, o envolverte en una razón que te haga pasar por bueno y sacrificado: lo hago por ella, qué iba a hacer ella sin mí, resistiré por los niños.

Según David Dunning, autoevaluarse puede relajar la enredadera del autoengaño. Hay que tratar de averiguar los intereses propios que subyacen bajo una creencia o una convicción para comprender si proceden de hechos asentados o, en cambio, se han cimentado sobre lo irracional.

Nadie queda libre de esta distorsión.


Nadie se conoce de verdad y en esencia. De hecho, es imposible. El conócete a ti mismo es otro embauque, quizá peor que otros. Asumir un autoconocimiento pleno baja tus defensas porque te convierte en soberbio.

Todo acto de observación escoge unos relieves y obvia otros hasta el punto de que dejan de existir para el observador. El proceso se deforma más si el objeto que se mira es uno mismo o alguien con quien nos enlaza un vínculo afectivo.

Nadie está a salvo. Quienes valoran con cautela su capacidad intelectual, pueden, por otro lado, considerarse más carismáticos de lo que son. Quienes aseguran calar rápidamente a los demás y captar sus fallas, probablemente, nunca mirarán a nadie directamente porque prefieren satisfacer una necesidad ególatra: clasificar es un acto pretencioso, una apropiación del otro.

Toda persona tiene puntos ciegos como señaló Cristina Llagostera en un artículo de El País Semanal: tenemos lagunas mentales que «tienden a ser rellenadas con fantasías, explicaciones racionales o imaginaciones».

Todos nos mentimos. Si después de leer el artículo, te visitas el ombligo y crees que está limpio; si no dudas, si consideras que tu mapa sobre ti mismo se ajusta a la realidad, tal vez vivas en un punto ciego, y tal vez, el día que escuches a hurtadillas a tus amigos hablando sobre ti, descubrirás que no eres quien crees.

Por Esteban Ordóñez Chillarón
21 marzo 2018

Esteban Ordóñez Chillarón

Periodista en 'Yorokobu', 'CTXT', 'Ling' y 'Altaïr', entre otros. Caricaturista literario, cronista judicial. Le gustaría escribir como la sien derecha de Ignacio
Periodista freelance.
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Fuente: Yorokobu

Imagen: Autoengaño


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