2016-08-27

Contra el diagnosticismo: Oxidar la nostalgia y reconocer el presente.

El “Diagnosticismo”. 

Por Carmen Guaita. 

INED 21. 


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Contra el diagnosticismo: Oxidar la nostalgia y reconocer el presente

Vaciados


En 1930, José Ortega y Gasset describió en su libro “La rebelión de las masas” los perfiles negativos de sus contemporáneos. Los calificaba como vaciados de su propia historia, sin entrañas de pasado ni intimidad, dispuestos a fingir cualquier cosa, incapaces de entender que hubiera misiones particulares y vocaciones, ...



... abandonados a la impresión de que la vida es fácil, y por tanto convencidos de que son dominadores y triunfantes, acostumbrados al exceso en lo material, sin autocrítica ni escucha, cerrados a toda instancia exterior, que ni ponían en tela de juicio sus opiniones ni contaban con los demás.

¿Verdad que este retrato parece asombrosamente actual? Casi todos los docentes identificamos en estas palabras de Ortega a muchos de nuestros alumnos, que nos preguntan cada día algo muy difícil de responder: “El esfuerzo, ¿para qué sirve?” El propio Ortega se lo preguntó también:

¿Puede hoy un hombre de veinte años formarse un proyecto de vida que tenga figura individual y que por tanto necesite realizarse mediante sus iniciativas independientes, mediante sus esfuerzos particulares? (1).

Diagnosticismo


El filósofo enmarcaba esta pregunta en la desesperanza de los años treinta del siglo XX, entre las dos guerras mundiales. La desesperanza de nuestros chicos y chicas se enmarca en el sistema económico y social que nos gobierna, tal vez sucesor natural de aquel triste periodo de la historia.

Sin embargo, con ser todo esto cierto, y aún edulcorado, caemos con frecuencia en algo que podríamos denominar “diagnosticismo”: una descripción pormenorizada y pesimista de los problemas que no aporta soluciones. Me asombra hasta qué punto se ha extendido esta práctica entre los expertos, incluso entre quienes hablan de educación, cuya herramienta básica debería ser la esperanza.

En todos los seres humanos late un alma profunda. ¿Cómo podemos llamar generación perdida a un grupo de personas que apenas ha empezado a vivir? ¿Con qué derecho? Al fin y al cabo, los adolescentes reflejan la actitud general de la sociedad y sus modelos éticos son los que les presentamos.

A pesar de mi crítica, voy a hacer ahora un poco de “diagnosticismo”. Sería ingenuo no reconocer que, en líneas generales, la sociedad occidental se fundamenta en la circulación del dinero y no del trabajo, en la suplantación del interés social por el beneficio económico. Ha deshecho muchas barreras pero también ha conseguido ahondar las diferencias económicas y convertirnos en hiperconsumidores.

La saturación de capitalismo nos ha tatuado en el alma la famosa frase de Benjamin Franklin: Time is money (2). Aunque quienes la tradujeron al español adoptaron una forma más suave —El tiempo es oro—capaz de proporcionarle incluso un significado trascendente, Franklin la escribió como un consejo para hacerse rico y dijo literalmente lo que quería decir: El tiempo es dinero

Preeminencia de las modas


Por otra parte, con las tecnologías de la comunicación, el prójimo —el próximo— es cada vez menos significativo. No sabemos el nombre de nuestros vecinos de escalera, pero podemos desvelar nuestra intimidad a quienes nunca conoceremos. Nuestra solidaridad parece más despierta cuanto más lejana es su causa.

La vida transcurre proyectada en pantallas que sitúan una barrera entre nosotros y la realidad, de manera que ya nos cuesta distinguirla de la ficción, y, por eso, podemos cenar tranquilamente tanto delante de una película bélica como de las imágenes verdaderas de un bombardeo.

Adoramos este imperio de la comunicación, presumimos de contar con centenares de amigos en las redes sociales, nos vamos pasando de unos a otros pedacitos de banalidad e ignoramos que, bajo la oferta de gustos y opciones individuales, no hay más que homogeneidad cultural, laxitud moral y una preeminencia de las modas sobre las ideas y los sentimientos.

Creer que el mundo es tal como se nos presenta por Internet nos hace tan indefensos como a los hombres del Medievo que no habían salido nunca de su aldea.

Sus modelos éticos son los que les presentamos

Agonía


Como sistema de valores, nuestra sociedad contiene demasiada indiferencia hacia el principio clásico de lo ético, que formuló Horacio como:

Hay una medida en las cosas, hay en ellas ciertas fronteras más allá y más acá de las cuales no puede darse lo recto (3).

Nuestra vida ya no parece un camino, una historia que cada uno escribe, con principio, nudo y desenlace; ahora está obligada a ser un carpe diem mal interpretado. En vez de entenderlo como “conviértete en el dueño de tu día” se nos dice que debemos vivir cada día como si fuera el último, es decir, en la agonía.

Por eso ya no hay sitio para las virtudes, que son un resultado de decisiones, una cotidiana puesta en práctica de los valores elegidos, sujeta a la libertad, que es una forma natural de equivocarse.

Me asombra esta profecía de Heidegger, realizada antes de la II Guerra Mundial:

Cuando el último rincón del planeta haya sido conquistado por la técnica y esté preparado para su explotación económica;
cuando cualquier acontecimiento en cualquier ocasión y a cualquier hora se haya vuelto accesible con la rapidez que se desee;
cuando uno pueda “vivir” simultáneamente un atentado al rey de Francia y un concierto sinfónico en Tokio;
cuando el tiempo solo equivalga ya a velocidad, instantaneidad y simultaneidad y el tiempo como historia haya desaparecido de la existencia de cualquier pueblo;
cuando el boxeador sea considerado el gran hombre para la sociedad;
cuando las cifras millonarias de las manifestaciones de masas sean los triunfos…
entonces, incluso entonces, todavía se cernirán como un fantasma sobre toda esa locura las preguntas: ¿para qué? ¿Hacia dónde? ¿Y luego, qué? (4).

La medida de lo humano


Las preguntas de la vida ocupan y ocuparán cada jornada de nuestro camino. Nadie puede renunciar a darles una respuesta, por incierta que sea. Debemos abandonar el “diagnosticismo”, que no describe la verdad, ni siquiera una parte considerable de ella, porque termina siendo una fuente de desesperanza.

Podemos cenar tranquilamente tanto delante de una película bélica como de las imágenes verdaderas de un bombardeo

Así que empecemos por la humildad de reconocer que el hombre no es la medida de todas las cosas. Es, sencillamente, la medida de lo humano. Y eso nos convierte a todos en seres abiertos a nuevas posibilidades de crecimiento, siempre, hasta el último día de cada vida.

Por eso los docentes, además de álgebra o robótica, enseñamos a distinguir valor y precio, tiempo y dinero. Personificamos en vez de cosificar. Sabemos que nuestra presencia está dejando una profunda huella vital en los alumnos y no desaprovechamos la ocasión de ahondarla transmitiendo de palabra y de obra el verdadero modo de empleo de la vida: los valores.

Y están ahí siempre: seguimos necesitando la comunicación, la amistad; seguimos siendo solidarios —tal vez más que nunca—, seguimos doliéndonos con las injusticias y riendo como válvula de escape, seguimos amando y sufriendo. Los niños y jóvenes entienden qué es un sistema de valores, no hay más que hablar en clase sobre ellos.

Abandonar el “diagnosticismo” requiere, sobre todo, oxidar la nostalgia. Los “diagnosticistas”, cuando hablan de recuperar valores, se refieren a un tiempo perfecto en el cual estuvieron vigentes, y que nunca ha existido en realidad.

No hay tiempos mejores a los que regresar, lo que hay es una esperanza, una búsqueda, un deber ser, un progreso ético de la humanidad que debe avanzar y no retroceder. Este es el mejor momento de la historia porque es el nuestro. Y la sociedad, el mundo de hoy, es mejor que el de hace quinientos años. A pesar de todo. Sin duda.

Oxidar la nostalgia


Nuestros alumnos han visto aumentar extraordinariamente sus posibilidades y tienen reconocidos sus derechos. Están agraciados por la calidad que supone vivir en una democracia, con una ciencia avanzada y con los productos de los que provee la industria. Son iguales ante la ley y cuentan con las cuotas de libertad más amplias que nadie haya tenido a lo largo de la historia.

Además, a pesar de la configuración de la sociedad en que viven, no han perdido la profundidad de su esencia. Tal vez no lo dicen, algunos ni lo saben siquiera, pero necesitan, de la manera más profundamente humana, mirar lo que acontece, pensar lo que acontece, preguntarse por ello.

He escuchado decir hace poco a una gran especialista que la adolescencia es el territorio de la irreflexión. Seguramente, es una afirmación desmemoriada: no hay etapa en que uno reflexione más y se haga más preguntas. Los niños y jóvenes intuyen que el vértigo de la actualidad no es la plenitud y que necesitan una dimensión interior. Por eso:

El centro educativo debe ser un lugar donde cargar las pilas, y los profesores, una dinamo

La tarea docente se realiza de principio a fin en el sistema de valores. Y desempeñarla bien nos obliga a realizar un viaje hacia el interior que tiene un componente muy grande de decisión personal, de templanza, de consciencia, de espíritu.

Si saboreamos estas palabras —espíritu, templado, consciente, ser— nos daremos cuenta de que estamos hablando de la dimensión esencial del hombre.

Abajo el “diagnosticismo” sin respuestas. Son tiempos complejos, banales, irreflexivos, descoordinados, sí; pero están llenos de posibilidades por el simple hecho de que nosotros vivimos en ellos. Ahora las cosas son así, pero ahora es cuando nos toca actuar. No necesitamos astucia; ni siquiera necesitamos saberes más precisos.

Necesitamos virtudes, las virtudes clásicas, que son los verdaderos y únicos avances de la humanidad: justicia, prudencia, sabiduría profunda, conocimiento de nuestros límites, templanza en los juicios, pasión por la verdad, atención a los demás, autocontrol, reconocimiento de que somos una hermandad que solo puede progresar si se ayuda mutuamente. La partida está en nuestras manos.

Notas:

  • 1 José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas. Tecnos, 2003
  • 2 Benjamin Franklin, Advice to a Young Tradesman, Written by an Old One, en Alan Houston, Franklin: The Autobiography and Other Writings on Politics, Economics, and Virtue. Cambridge University Press,
  • 3 Quinto Horacio Flaco, Epístolas. Arte poética. CSIC, 2002.
  • 4 Martin Heidegger, Introducción a la Metafísica. Gedisa, 1992.

Carmen Guaita
ago 17, 2016

Carmen Guaita Fernández

Licenciada en Filosofía. Maestra. Especialista en Ciencias Sociales. Especialista en Pedagogía Terapéutica. Acreditación en dirección de centros escolares. Profesora de la enseñanza pública desde 1982.
Maestra en CEIP San Miguel, Madrid.
    Madrid y alrededores, España.
    Educación primaria/secundaria.
Actual: Función Pública Docente, CEIP San Miguel, Madrid.
Anterior: ANPE, Profesora de la enseñanza pública.
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Fuente: INED 21

Imagen: People street


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